Abrí la puerta, y aspiré el aroma del viento al rozarme las mejillas. Cerré los ojos sutilmente y callé la voz que me taladra la mente. En ese momento de perfecta introspección, no pedí otra cosa más que perdón... No pude dar gracias por nada; a pesar de ser consciente de lo mucho que Él me ha dado. Mordí mis labios y suavice el nudo que me aprisionó la garganta. Había lagrimas en mí; dulces gotas de llanto que imploraban nacer a la luz. No pude contenerlas, aunque intente hacerlo al apretar los puños. — Dime, ¿qué te pasa? —escuche su suave voz detrás de mí y me estremecí. No pude responder a su pregunta. Simplemente, negué un par de veces con la cabeza y volví a apretar los puños. ¿Qué podía decirle? No había respuesta en mí, solo un tímido dolor que me hacía arder todo el ser. — No has querido hablar desde ayer, ¿he hecho algo malo? —volvió a preguntar...
Aquí es dónde yace el pensamiento de lo creado o, simplemente, imaginado.