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Fragmento borrado.

 
Mis nublados ojos yacen perdidos en el gris del firmamento, la tupida lluvia cubre el cristal de la ventanilla que me protege de la inclemencia del tiempo; sin embargo, no siento protección en mi corazón, ahí en mi pecho también hay una tormenta que parece no tener fin.  El camino se ha mostrado ante mí, triste, insípido e incoloro.  Mis ojos no han dejado de llorar, mi garganta de sollozar y mi mente de pensar. He traído a este mi presente, recuerdos de antaño: imágenes que vivimos él y yo juntos.  Una a una han pasado ante mi nublada mirada, aparentando ser dibujadas por las gotas de lluvia que resbalan por el cristal de la ventanilla, me vi pequeña, rodeada de alegría al conocerle. Su rostro no ha cambiado, sigue siendo el mismo de hace diecisiete años; su faz serena, su semblante divino, su dulce voz, su hermosa sonrisa, sus largos dedos, su gallarda estatura, su negro pelo, sus largas y chinas pestañas, sus profundos ojos de color de ébano, su dorada piel.  Todo es él, aquel hombre de quien me enamoré siendo una pequeña de siete años; sin embargo, le siento distinto aunque igual de distante.  ¿Acaso ha cambiado algo entre nosotros o seguimos en las mismas condiciones de antaño? En estos momentos, siento que estoy en el pasado, en ese que me hacía sentirle lejos de mí, inalcanzable a mis manos, ajeno a mi vida, extraño a mi devoción.

“Hemos llegado, señorita”

A mis oídos se adentra la suave voz del cordial señor que se ha mantenido en silencio desde que salimos del aeropuerto.  Con pesadez en mi mirada observo a través de la ventanilla el exterior.  Dios, no puedo evitar soltar el llanto una vez más. Ahí, frente a mi aturdida mirada yace ella, mi hermosa Madre Tierra, regalándome la más bella de las mañanas, aún con su cielo gris y con su suave lluvia puedo sentirla calmada y atenta a mi dolor, su sosegado mar me invita a bajarme del auto.  Así, en silencio, con mi rostro empapado en mi llanto y mi garganta quebrada en sollozos abro la portezuela con suavidad ,encontrándome con la dorada arena de esta preciosa y callada playa.  
 
“Puede quitarse su calzado, yo aquí la estaré esperando, no se preocupe, tómese el tiempo que usted quiera.” 
 
Volteo mi rostro hacia el señor que me ha hablado con suma sinceridad y cariño casi como si fuese su hija.  Asiento levemente, mientras muerdo mis labios con suavidad y llevo mis manos hacia mis botas; bajo el cierre con delicadeza para luego despojarme de ellas así como de las calcetas que cubrían a mis pies.  Tomo un profundo suspiro, entretanto vuelvo mi mirada hacia el azul del mar. “Está bien, Soledad, puedes ir a él”; me digo mentalmente, mientras dibujo una temblorosa sonrisa en mi faz.  Lentamente poso mis descalzos pies en la arena, su temperatura me hace llenarme de escalofrío, aún así no dudo en bajarme del auto y andar sobre ella.  Mis pies se hunden en su blanda textura, la siento introducirse entre mis dedos; es tan delgadita y suave.  Así camino hasta tu mar, Bendita Madre, hasta esa agua que parece esperarme con paciencia, su oleaje es manso pero ligero, dándole la facilidad de llegar a mis pies para empaparles con su frío manto.  Aquí, bajo tu cielo gris, tu densa lluvia y ante tu majestuoso mar azul, vengo a confesarme, a hablarte de mi, a hacerte participe de mi dolor, de mi quebrada ilusión.  Aquí, mojándome en tu llanto y en el mío.  Te digo que no puedo seguir con esto, no puedo.  “¡DIOS NO PUEDO!”, grito ante ti, desahogo mi llanto con fuerza.  En este lugar solo estamos tú, yo, y ese señor que hoy, Tú pusiste en mi camino, como un ángel, como un guardián, es por eso que no me siento cohibida, a pesar de no saber quién es ese lindo hombre, me siento con la libertad de expresarme.  “DIME, ¿QUÉ PUEDO HACER? ¿CÓMO PODER CON ESTO QUE ME ESTÁ ATORMENTANDO?”, mis pulmones te gritan, mi corazón te implora, mi mente te llora, solo a ti, Bendito Universo, Tú fuiste quien se lo llevo hace diecisiete años, Tú fuiste quien le ayudo a cambiar, a ver la vida como lo que es, a ver el amor como realmente es, ahora yo, estoy aquí, preguntándote: "¿Qué es lo que quieres de mi? ¿Qué es lo que él quiere de mí? ¿Qué quiere Emmanuel de mí? ¡¿QUÉ?!”. Lloro amargamente mientras sigo mojándome en tu lluvia, mi pelo se ha pegado a mi rostro así como mi ropa a mi piel, pero no me importa, ya que es en el agua donde siempre he encontrado respuesta a mis más hondas preguntas.  Cierro mis ojos con fuerza mientras me abrazo a mí misma dejando a las gotas de lluvia empaparme en su frialdad.  Lloro con la totalidad de mi ser, con todo lo que mi corazón alberga en sus profundidades, estoy tan dolida que creo no poder salir del llanto que me embarga.  Mi cuerpo se llena de temblor, mi piel de escalofrío y mis entrañas de espasmos, creo que el gélido ambiente ha comenzado a hacer mella en mí.

“¿Qué es lo que le duele, señorita?”

Abro mis ojos con pasmo al escuchar la voz del dulce señor que me ha traído hasta aquí.  Con temblor en mi cuerpo vuelvo mi rostro hacia mi izquierda, ahí es donde él se ha detenido.  Le miro con desconcierto y llanto, ya que me ha aturdido un poco su proceder.  No respondo a su pregunta, simplemente le observo entretanto me pierdo en el sonido de lo que me rodea; el quedo oleaje, la lluvia caer y su voz.

“¿Sabe que el amor reside en quien lo siente? Nadie puede responder qué es exactamente el amor, ya que es un sentimiento propio que al ser compartido se transforma tomando la forma de quién lo recibe, es por eso que, es casi imposible el descifrarle…”

Frunzo mi entrecejo tratando de reflexionar acerca de lo que este amable señor me ha dicho, vuelvo mi rostro hacia el mar, me pierdo en su azul gris mientras mis ojos siguen llorando y mi garganta sollozando: "Es decir que, ¿el amor que yo siento tiene mi forma y jamás podrá ser igual a la de él?”, le pregunto con trémula voz.

“Así es”

Taciturnamente bajo mi mirada posándola en mi mano derecha, ahí es donde vive ese anillo que me une a ti, príncipe.  Mi negra mirada se pierde en su pálido color, es así como se ha puesto ante el gris firmamento y la helada lluvia.  Muerdo mis labios con pesar mientras mi cuerpo tiembla, empuño mi mano con fuerza y cierro mis ojos perdiéndome en el inmenso jardín de recuerdos que habita en mi mente, me sumerjo en ellos, en cada fracción de segundo veo tu rostro, tu mirada, tu sonrisa, tu tierno semblante.  Con cada imagen escucho un fragmento de tu voz, una carcajada, una palabra, un suspiro, un sollozo, una gota de lágrima.  Dios, no quiero dejarte ir, no quiero.  La niña pequeña que vive dentro de mi no quiere soltarte, príncipe, no quiere hacerlo porque te ama, pero me duele, me carcome en el alma no poder mirar al amor como lo haces tú, me duele príncipe, me duele: “Me duele”, mi queda y temblorosa voz entra a mis oídos al igual que a los del servicial señor que me acompaña.

“Sea sincera consigo misma, señorita”

¿Sincera?, esa palabra entra a mí con fugaz agonía.  La sinceridad duele, ¿no es así? Duele porque te hace ver la realidad de las cosas, te hace sentir lo que es correcto; sin embargo, al momento de escucharle es doloroso, ya que te lleva sin mayor preámbulo, a elegir.  Con amargo pesar, elevo mi nublada mirada hacia el mar mientras en mi pecho nace una pregunta: ¿Eres capaz de seguir con él a pesar de su forma de amar?

“Señorita, esa no es la pregunta adecuada”

Llevo mi mirada con premura hacia el señor, quien ha dado un par de pasos hacia el frente, dándome la espalda.  Le miro con desconcierto, mientras con mis temblorosas manos cubro mi boca para darme un poco de calor.  Sigo llorando.

“La pregunta es, ¿eres capaz de vivir eternamente enamorada aún alejada de él?”

Niego levemente ante sus palabras, no entiendo lo que trata de decirme.  Mi silencio le hace voltear hacia mí, nuestras miradas se funden.  Dios, la profundidad de sus ojos es etérea, me hace sentir una paz indescriptible en mi interior: “¿Quién es usted?”, le pregunto trémulamente sin despegar mi mirada de sus pupilas.  Él, simplemente me observa, no responde a mi pregunta.  La lluvia le ha mojado igual que a mí.  Ambos yacemos completamente empapados.

“La pregunta es, ¿quién soy yo?”

Mis labios callan, no sé que responder, solo viene una imagen a mi cabeza, es nítida y brillante.  “Oh, Dios mío”, mi voz se hace escuchar a través de mis labios cubiertos por mis heladas manos al ver dibujarse frente a mí lo que en mi mente se ha presentado sin titubear.  Aquí, ante mi llorosa mirada y mi agitado cuerpo, aparece ella.  Azul cristal, dorado, rosa.  Llama triple.  Brilla ante mí con soltura y aplomo.  Dios, no puedo evitar quebrarme en sollozos frente a ella, a su divina hermosura.   Cada una de las pequeñas llamitas bailan con suavidad y elegancia, se abrazan, se juntan, se rozan haciendo más y más brillantes sus colores; “Dios, ¿qué me quieres decir?”, le hablo con gran angustia, sin embargo, ella no contesta, solo brilla ante mí.

“Ella no va a responderle, señorita.  ¿Sabe por qué?, porque ella es la respuesta, ¿no lo ve?”

Dios, no puede ser.  Él también le está viendo, él también está siendo testigo de tu hermosura, Llama Triple.  No entiendo, no comprendo, ¿qué es todo esto? ¿quién es este señor? ¿qué me quiere decir?.   Me lleno de desesperación, mi corazón de agitación y mi garganta de ansiedad.  Agacho mi rostro topando mi mirada con el brillo azul del anillo que nos une en compromiso, ahí me detengo por un largo minuto entretanto mi garganta deja poco a poco de gemir.  Mis sentidos se abren a lo que me rodea mientras mi interior se expande a la luz azul de nuestro amuleto, es aquí donde la respuesta comienza a entrar a mí con delicada facilidad, gracias a la voz del benévolo señor que me ha escuchado el día de hoy y quién parece ser alguien muy especial, cubierto por un cuerpo ajeno al que verdaderamente le pertenece.

“El amor va más allá de cualquier frontera, Soledad Solitude.  Su fuerza es tal que no puede ser roto por nada ni nadie.  Para el amor no hay límites, no hay separación.   A él no le importa si estas lejos o cerca, él siempre va a estar contigo, dentro de ti, latiendo en lo profundo de tu corazón…”

Cierro mis ojos, me entrego a tus palabras, a la fina respuesta que ha hecho a mi corazón latir con nervioso dolor; “Eso quiere decir que…”, mis labios se abren con sutileza emanando el agitado sonido de mi voz, mis lagrimas aún siguen fluyendo, tal vez nunca paren de brotar ya que he tomado conciencia de lo que es el amor.

Claudia V. Ramírez/Paloma B Ramírez.

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