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Olvidando, recuerdo... Y acepto.

Tal vez esto vaya a tener un titulo, tal vez no... Esa indecisión mía de definir las cosas me mete en aprietos constantes y, sin embargo, no hago nada por cambiar. Así me siento bien, así estoy contento.

¿Qué me trae aquí este día? ¿Un sentimiento o un pensamiento?

No lo sé... De pronto, me nacieron las ganas de hablar de Ella.

Y no quisiera ahondar mucho en el tema, pero tampoco puedo evitar hacerlo, pues en su profundidad está lo que me ha traído aquí.

Me cala el hecho de que no puedo dejar pasar ciertas cosas como inadvertidas aunque eso parezca. Mis ojos no pueden evitar mirar lo que no han de mirar. He ahí mi pesadilla.

La calamidad me persigue, al menos ese es el cristal que me he puesto en la mirada. No puedo durar mucho tiempo molesto por algo que, en mi mente, muere rápido. En el fondo, olvido, y no me lamento por hacerlo, pues... ¿Para qué me serviría el recordar lo que no ha de ser recordado, lo que pudiese traer rencor o desatino? Soy de los que dejan al viento las injurias, los malentendidos, los momentos tristes, las agonías. ¿Para qué traerlas conmigo? Si, me lamento en su momento al vivirlas, pero luego, ellas mismas se alejan de mí, me liberan humildemente de su carga.

¿A qué viene todo esto? ¿A dónde es que quiero llegar?

Simple... Casualmente olvido los hechos, pero no a las personas. A ellas las recuerdo, las guardo dentro mío, les construyo un lugar cómodo en mi corazón, y ahí, en ese suave rincón, las hago mías. Y si hay algo que me apena es eso, pues las personas sí logran olvidarse de mí, mientras yo cargo con ellas toda la vida.

Dicen por ahí que no se ha de dar importancia a quien no la tiene; a aquellos seres que sólo llegaron para dejar una estela de desilusión. He ahí en lo que no estoy de acuerdo, es mi sentir el que me dicta que, cada ser vivo que se detiene por un instante, o por varios años, ante ti es importante. Su proceder te dejará algo positivo, nunca negativo, pues ningún ser está aquí por estar. Es por eso que, no olvido a quien se cruza en mi camino, así sea por un segundo, me guardo las sonrisas, los saludos, las largas charlas, los abrazos, y los disgustos. ¿Cómo negar la importancia de los seres humanos? ¿Cómo? 

Y algunos se han ido de mi lado con molestia, me han tildado de muchas cosas, y sólo logro pensar que se han visto tan reflejados en mí que me han creído ser lo que han sido... ¡Curiosidad, maravillosa curiosidad! 

Se burlan de mí al decirles que somos espejos, que todo lo que vemos en los demás no es más que la proyección de nuestra propia existencia. Y les cuesta creerlo, ¡claro! No nos gusta vernos feos... ¡A nadie! Todos nos creemos bellos (y no hablo de belleza física, sino de la que aflora desde dentro - alma -). Tan hermosos y perfectos nos encontramos que, al ver que no lo somos, ¡gritamos! Y, para no sentirnos tan mal, despotricamos contra la persona que nos hace ver mal. 

Nadie se salva de verse ante el espejo... Es así que, al ser conscientes de lo que vemos, buscamos personas que nos reflejen las partes más hermosas de nuestro ser. Queremos ser un Buda o un Cristo, no queremos ser un Satanás o un Hades. ¡No! Nos duele tan sólo pensar en ser esos nefastos personajes, pero es que no podemos hacerlos a un lado tampoco, ya que forman parte de nosotros, y cegarnos ante ellos sólo nos traerá malestar, pena y pesadez. Se ha de vivir la oscuridad; aceptándola es como se apreciará la luz. 




. . . 

Esu Emmanuel Gastellum

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