Ir al contenido principal

Mientras el amor sea eterno IV...


     Ha amanecido en Ciudad Nevada y, con la luz del sol, las grises nubes se han disipado. Las calles brillan intensamente gracias a la blanca nieve que ha quedado sobre el asfalto, marquesinas y todo lo que pudo haber tocado. Es un día que emana alegría, sin embargo parece que no para todos es así, ya que en el interior de la residencia Cisneros yace Vianney al punto de la desesperación; se ha encerrado en el baño para no ser molestada, así como para tratar de cumplir lo que le ha estado pasando por la mente desde hace ya varios días. Se encuentra realmente desconcertada, abrumada, desilusionada y aburrida por las constantes muestras de desprecio que su madre tiene para con ella. "Ya no lo soporto más... Ya no.": es lo que de sus labios brota, mientras llena con agua tibia la tina que la espera a su frente. 
     Vianney se ha quitado la ropa, quedando desnuda ante el espejo de cuerpo completo que yace a su costado. En el lugar no hay mota de frío, todo es cálido y recomfortable, pero ella no lo ve así; sólo hay un gris sentimiento de incorformidad en su corazón que la está haciendo pensar en cometer un error que puede costarle la vida. "Es así, quiero morir, no tiene caso que siga viviendo, parece que mi madre lo único que quiere de nosotros es llanto... Amargura... Infelicidad... Y yo, no puedo soportarlo más... No puedo... Quiero ser libre... Y si mi libertad está en morir, moriré...": piensa, entretanto un mar de lágrimas descienden por sus mejillas. Se ha decidido, es así que comienza a adentrarse a la tibia agua que la abraza sin la más minima intención de herirla. Cierra los ojos, toma un profundo suspiro y espera, tal vez el miedo se ha apoderado de ella en el último momento. "No, no debo temer... La muerte no puede ser peor a lo que estoy viviendo... En ella no debe haber odio ni rencor... Ella es gloria... Estoy segura... Ella es paz..."; se dice quedamente, mientras comienza a sumergirse hasta quedar completamente cubierta. 
     Pasan unos cuantos minutos, y con ellos, la zozobra ha abrazado a Chanel, quien al no escuchar ruido en la habitación de su hermana pequeña, ha decidido entrar a ésta para preguntar qué es lo que le pasa, sin embargo no encuentra a nadie en la habitación, mas hay algo que la ha desconcertado: La puerta del baño esta cerrada con seguro y no hay ruido que sea emanado del interior. 
—¿Vianney?—pregunta quedamente al tocar ligeramente la puerta. No hay respuesta.—¡¿Vianney?!—eleva la voz, pero sigue sin obtener respuesta. Preocupada, trata de girar la perilla mas ésta no da vuelta.—¡Vianney! ¿Qué estás haciendo? ¡Abre por favor! ¡No me asustes hermanita! ¡No me asustes!—el llanto comienza a aparecer en la jovial mirada de la joven que, al no obtener respuesta, decide salir con rápidez de la habitación para buscar la ayuda de su madre, quien yace en la sala acompañada de un apuesto joven de tez blanca, sedoso y rubio cabello, grises ojos y alta estatura: Carlos Alba es su nombre, éste chico es hijo de una de las familias más poderosas de la ciudad, así como asiduo pretendiente de Vianney, tanto es su deseo por obtener el amor de la chica que, diariamente, va por ella y su hermana para llevarlas al colegio aún sin él estar inscrito en dicha institución.
—¡Mamá!—Chanel llama a su madre con desespero, mientras de sus ojos brotan profusas lágrimas de pesar, creando con ello un desconcertante sentimiento que colma a Janeth de ligera molestía y a Carlos de ligera ansiedad.
—¿Qué te pasa Chanel? ¿Porqué tanto alboroto?—ofuscada, se pone de pie.
—¡Mamá, Vianney no responde! ¡Se encerró en el baño!—llora con desespero, entretanto se cubre los labios con temor.
—¿Qué estás diciendo?—Carlos palidece y, sin pensarlo, hace a un lado a las dos mujeres, mientras camina presuroso a la habitación donde Vianney ha decidido morir. Janeth y Chanel lo siguen.  Al llegar a la habitación, el joven dirige su andar a la puerta del baño, a la cual tira con un par de fuertes puntapies. 
     En el interior del cálido baño, el silencio ha hecho su morada, ya que no hay rastro de vida en la tibia tina que muestra la quietud en el agua que contiene, ésto hace estremecer la piel de los presentes. El joven Carlos, poseido por la angustia de creer perdido al amor, se acerca al costado de la tina y adentra los brazos en ella para sacar con rapidez a la joven Vianney, quien parece haber logrado su objetivo, ya que su rostro y piel se han cubierto de una pálidez mortal. Chanel y Janeth yacen enmudecidas; la primera llora desconsoladamente, mientras la segunta sólo calla. 
—¿Vianney? ¿Niña?—Carlos le habla con angustia, entretanto la posa sobre la alfombra que yace cubriendo la frialdad del piso. No hay respuesta a sus preguntas, es así que comienza a darle los primeros auxilios a la joven, tratando con ello de traerla de regreso; le presiona el pecho, le da respiración boca a boca y, con ello, los minutos pasan. Pareciera que Vianney se ha ido. 
—Oh, no... Hermanita... No te vayas...—Chanel llora con gran amargura, mientras mira el cuerpo inerte de su hermana frente a ella, tratando de ser resucitado por Carlos, un joven que ha tratado por todo ganarse el corazón de esa niña.
     El tiempo pasa y, con él, la esperanza de vida. Janeth ha comenzado a palidecer, así como ha mostrar signos de arrepentimiento, mas cuando una pequeña lágrima empezaba a brotar de su mirada, Vianney ha abierto los ojos con sobresalto, entretanto de su boca y nariz fluyen rios de agua.
—Oh, estás vida... ¡Estás viva!—grita Chanel con gran alegría y alivio, mientras se hinca ante su hermana para abrazarla hacia sí, ante los ojos llorosos de Carlos y la mirada molesta de Janeth, quien friamente dice estás palabras: "¿Qué estabas pensando, tonta? ¿Qué con esto vas a lograr que te deje hacer lo que te plazca? ¡Estás equivocada! ¡Jamás serás capaz de hacer lo que te plazca! ¡No hasta que yo sea la que muera!". Así, sale de esa habitación sin mostrar ni una muestra de cariño para la joven que, al escuchar esas palabras, rompen en llanto. 
—¿Porqué? ¿Porqué?—dice, mientras llora y tose ante la desconcertada faz de Carlos, quien se ha puesto de pie y le ha dado la espalda para no verle la desnudez y respetar así su espacio.
—No la escuches, Vianney, tal véz sean palabras de miedo al creerte pérdida...—le dice con gran empatía, entretanto agacha el rostro.—Ya hablaremos de esto cuando sea adecuado, lo mejor que puedo hacer es dejarlas solas y...—presiona los labios, mientras la mirada se le colma de ilusión.—No vuelvas a cometer una cosa igual a ésta, no sabes lo importante que eres para nosotros. Sale de la habitación, dejando atrás a las jovenes.
—¿Porqué lo hiciste?—Chanel le pregunta con gran sentimiento, mientras la cubre con una toalla.
—Necesitaba sentirme querida... Sin embargo, mi mamá es tan fria que nunca lograré sacarle un "te quiero" de sus labios.—Vianney llora con desilución, entretanto se abraza de su hermana.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Vanidad... Lujuría.

¿Qué es una mujer sin la vanidad a cuestas?
Sin ella se desflora, se marchita, muere.

¿Qué es un hombre sin la lujuria atada al sexo? Sin ella, pasaría de largo ante la lozana belleza de una ramera. 
Estoy aturdido, perdido, cegado. Tu luz me enaltece, me atraviesa la mente. Me hace querer poseerte para borrarte del rostro  esa risa burlona que te aprisiona.
Te paseas, te regodeas, te sientes enorme. Mas, no te das cuenta del travieso informe que haces llegar a mi trastornada locura. 
Mis ojos te miran, te desnudan, te intuyen. Te quiero mía, ¿me oyes?
Y con palabras necias quiero enamorarte.
Te grito, te lloro, te imploro que me ames.
Tu vanidad me exalta, me aturde, me carcome. Me atrae tu aroma, ¿o acaso tu imagen? Mis lascivos ojos me pierden en deseos, en quimeras rancias que solo muestran la vacuidad de este absurdo. 
Te quiero para mí, y en mi agonía te sueño, te palpo, te hago mía. Sin pena ni arrepentimiento,  solo con la lujuria que me abraza, me come, me amansa.
Te quiero,…

Hambre.

Quiero comerte,
ligera saciarme de tus formas,
completa estremecerte con mis manos,
serena lamerte con mis yemas,
tan tersa suprimirme en tus orificios,
húmeda saberme extinto en tu Todo,
Nada ser un abismo de luz,
oscura ser tu torrente de agua,
clara y en el éxtasis de nuestros flujos,
caliente seas en un grito,
 libre.
@esuegastellum

Gracias.

Regresar a casa después de tanto tiempo en la vagancia.  Me encuentro satisfecha por lo descubierto, lo vivido, lo sentido y lo perdido. He cosechado conocimiento; mucha información que es de ayuda para mí. Eternamente agradecida estoy con los seres con quienes me topé y me he cruzado, esto continuará hasta que diga "basta".